Evocación ante el Cristo de la Caridad

Por: Francisco Vázquez Perea

Eucaristia y vida cristiana

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Evocación ante el Cristo de la Caridad

Por: Francisco Vázquez Perea

20 de noviembre de 2007

Evocación ante el Cristo de la Caridad de Luis Ortega Bru en el XXV aniversario de su muerte celebrada el 20 de Noviembre de 2007

     1982 fue un año muy relevante para nuestra Hermandad de Santa Marta. El año de la restauración del paso de misterio, de la fusión con la Sacramental de San Andrés, del Pregón de José Joaquín, del fallecimiento de Manolo Martínez…

     Se dice pronto todo eso. Pero merece la pena regresar y revivirlo. Es volver a esperar, por ejemplo, acabase aquel cabildo conjunto donde se decidió la fusión. Antonio Távora de Hermano Mayor y por la Sacramental, apenas cuatro hermanos, gente muy entrañable como aquel Pepe García Álamo que tanto vino a compartir con nosotros sus últimos días.   

O es volver al montaje, pieza a pieza, del paso en la Iglesia, ya restaurado. El día que llegó, desnuda la parihuela, escuálido esqueleto hasta qué punto aligerado ya de kilos que lo entramos por la puerta de Daóiz sin rampa y a pulso. Y lo dejamos en su sitio, pegadita la trasera al cancel, a aquel banco del fondo en el que siempre se sentaba Ana, nuestra sacristana, babuchas y media dentadura deambulando por las naves. Parece que la estoy viendo, camino del cuadro eléctrico de las campanas. Poniendo en marcha el doblar de bronce de los momentos fúnebres de nuestra espadaña, como si ese sonido funeral tan característico de nuestra cofradía tuviera en ella su mano inocente para salir al aire.

Luego, ir ensamblando el canasto con el rompecabezas de las piezas recién doradas. Intentando devolverle a los arcángeles su postura primitiva vueltos hacia dentro, como sosteniendo los faroles.  1Lástima que no resultara: así el paso semejaba un rotundo catafalco. Y una vez acabado felizmente su montaje, el jarro de agua fría, el adiós temprano a Manolo Martínez. Nos dejó a Conchita para seguir haciéndolo presente con su fidelidad y la de los suyos.   

Años de Don José, negra sotana, su forma de hacer las cosas con su sonrisa castellana.
     Años de Vía Crucis tras el Quinario haciendo estación enfrente, en las monjas.  
De representación con tramo completo de cirios en la puerta recibiendo a las Hermandades que pasaban.  
De los inexplicables tubos de neón colgando entre las lámparas góticas de los arcos.
De los rincones trasteros repartidos por la Iglesia, enseres nuestros en todos ellos.  
Y de María, cuerpo de casa en la Hermandad, en el pasillo ya derribado, el de abajo donde se limpiaba la plata, o el de arriba de las vitrinas, las charlas y los pescaítos.  

De la fachada a Fernando de Herrera para vivir la plaza desde las ventanas, Domingo Rojas entregando las alpargatas el Lunes Santo, y aquellas noches en que se demoraban las vísperas de Semana Santa en la paz de los naranjos silenciosos. Vigilia del Besapiés sin Meditación, último año antes de que se instituyera, acaso porque aquella fue una noche para todos de nervios, José Joaquín entre nosotros –qué orgullo, el pregonero más joven- hasta que se fue a su casa al vasito de leche con miel y al descanso. Recuerdo que él nos hizo un recorrido, como yo hago ahora, un inventario de nostalgias por las gentes y las cosas que habían quedado atrás en nuestra Hermandad pero eran parte consustancial con ella. Horas las de aquel Pregón de mucha alegría y también lágrimas. Que las ví a raudales cuando sonaban los himnos en el Lope de Vega tras su remate de fe y de esperanza: ¡Cristo no está muerto, Cristo vive!

Agradezco a Dios haber vivido aquel año 1982 de nuestra Hermandad de Santa Marta. Cuántas imágenes al abrir por esa fecha el álbum del alma. Todavía la  Santa presidiendo la Capilla. Y a un lado la pequeña hornacina con el Cristo, la Virgen y San Juan apretaditos.   

Pero de tantos instantes emotivos de aquel año tan especial me quedo con una escena imborrable, clandestina, casi de clausura. Una noche cualquiera, antes de aquel Lunes Santo, habían bajado –yo no  2lo sabía- al Cristo al suelo. Estaba Luis Ortega Bru a su lado, ambos rostros a la misma altura prácticamente. Fijaos que ya no existe el lugar donde se produjo, la recogida capilla de nuestros titulares, que hoy es atrio a cielo abierto. Ni tampoco el protagonista de aquella escena, a quien hoy venimos a recordar en los 25 años de su muerte. Lo vi sin querer, sin esperarlo, por sorpresa, tras la puerta entreabierta del recibidor y me quedé tan mudo que ni se me ocurrió entrar. En aquel ámbito silencioso y nocturno, estabas tú, Luis, en una afanosa tarea que te tenía concentrado. Reparabas el dedo anular de su mano diestra –tu mano diestra, Señor-  cuya falange se había roto.  

No era la primera vez que aquel dedo se rompía. La otra ocasión fue el famoso 77 de la lluvia y la estación de penitencia en parihuelas. Accidente sin mala intención que narró precisa y preciosamente José Joaquín en el final de su Pregón. Esta vez era distinto: esta vez no se había podido recuperar el fragmento y era necesario tallarlo de nuevo. Para eso estabas tú allí, Luis.  

Y si hoy me piden que haga una evocación sobre ti, yo solo conozco al Luis de aquella noche solitaria de hace 25 años. Solo superficialmente volvimos a cruzarnos un par de veces más. Por eso ni puedo ni quiero hacer otra cosa que volver a asomarme, con el detenimiento que no lo hice entonces, a aquel cuadro impresionante de un diálogo que hubo de ser pura trascendencia. No sé quién imponía más silencio de respeto a quién, en aquella UVI de incienso y de damasco. El Cristo se dejaba hacer, Luis le procuraba, parecía, el menor daño, traumatólogo de cabecera, porque también lo había restaurado años antes pero sobre todo porque lo había creado hace tres décadas. Qué acertijo: Tú, Señor, su Dios pero también su obra. Tú, Luis, su criatura pero también su creador.    

Con qué delicadeza desempolvabas mentalmente las notas y dibujos del alma con que lo habías tallado décadas antes, para modelar en ese instante, una pizca de barro, nada, un taruguillo moldeable, un apéndice de arcilla buena, casi miga de pan, entre tus dedos para pasarla luego a la madera y reponerle a nuestro Cristo su integridad. Nuestro Titular parecía especialmente vulnerable entre tus atenciones porque ni la misma cruenta Pasión había quebrado ninguno de sus huesos como ahora. Qué buen médico, qué buen paciente. Sin férula ni escayola sanaste el traumatismo antes del Lunes Santo, a tiempo para que esa mano diestra volviera a hacer nacer la rosa, volviera a ser pescadora de hombres, de corazones gastados, de soledades sin remedio, de gratitudes inaplazables.   

Y allí vi al Luis de la mucha vida interior agazapada en su silencio de no molestar. El Luis que se definía a través de la fuerza de su obra, no de su breve fisonomía; el que tenía un aire de fugacidad, como de pasar por allí en todos los sitios donde estaba, de que ya no iba a estar cuando te volvieses. Cuando sin embargo llevaba consigo un aura que lo convertía en centro y punto de gravedad donde se encontrase. Tenía la dureza del trabajo tallada en los ojos, sus párpados no descansaban nunca de empuñar la gubia, miraba como si siguiese en el taller.  

A pocos metros de aquella escena, hoy Luis, vuelvo a entreabrir en mi imaginación aquella puerta para volver a asomarme de modo furtivo. Y darme cuenta de lo que aquella noche tuvisteis que hablar. No solo del diagnóstico y el tratamiento de aquella cirugía circunstancial... Porque también fue aquel 1982 el año de dejarnos, de fundirte en El, de abandonar tus herramientas huérfanas en el taller, tus lápices, tus buriles y formones. De empañar de luto los retratos sepias donde siempre apareces cerca suya, bien de costalero, bien llevándolo sobre tus hombros en cualquier Vía Crucis… Porque habías acudido a dejarle sanada su mano, sí, a sabiendas de que muy pronto tendrías que asirte a ella, tendrías que pedirle te ayudase a atravesar la definitiva frontera, esa muerte que tantas veces en vida habías mirado de frente, reflejándola sin miedo, superándola apasionadamente en tus obras.   

Y por eso esta noche estamos contigo Luis, estamos contigo Señor, con los dos. Larga la travesía de la que venís ambos, de las tribulaciones que teníais en el rostro aquella noche en la capilla. Pero el morir se os ha acabado. Ni creemos en un Cristo muerto ni en un Ortega Bru que no goce ya  del cielo que fue en vida su argumento.  

Maestro Galileo. Maestro imaginero.   

Padre Nuestro que estás en el cielo, junto a Luis Ortega Bru.         

EL BARRO  

Repito que cuanto pueda hablar lo hago desde el testimonio de aquella noche. Si es que no bastase lo mucho que de Ortega Bru estamos impregnados los hermanos de Santa Marta al vincular nuestra vida a esa imagen tallada directamente desde tu alma.     

De qué hablabais, Señor, aquella noche Luis y Tú. Diálogo sin sonidos. A ti, Luis, no te interesaban mucho los sonidos. Desde aquella explosión de metralla que te retiró -eso fue lo bueno- del campo de batalla, tu mundo no era el de los sonidos, mundo poblado de tiros y de odios. Tu registro de voz lo delataba, más te gustaba hablar -mejor dicho, hacer hablar- a tus obras con la expresividad de los ojos: así son por lo general los de tus imágenes: grandes, de pupilas radiales, redondas y enteras, a menudo espantadas. Y también de sus labios cuya hinchazón los hace poderosos, capaces de pronunciar en tu nombre la verdad que los justifica: “La fe está dentro de mí”. Y de sus manos, erizadas –rudas manos de los apóstoles de la Cena- cuando es preciso para que luego las caricias tengan más sensación de ternura: mano caritativa de nuestro Cristo que entonces nos recordaba al Cristo roto del padre Cue.    

De qué hablabais aquella noche. Dejad -porque lo hago con sagrado respeto-  que me atreva a imaginarlo. De qué materia podríais tener de conversación. Algo tendría que ver –intuyo- con aquel elemento, idioma común, que se iba moldeando, Luis, en tus manos: el barro. La arcilla creadora que remonta siempre a todo artista al oficio artesano de Dios, el Dios alfarero del Génesis modelando al hombre. Porque el barro es la materia primigenia de Dios como Creador con mayúsculas, y también lo es del escultor como creador, entiéndeme, en minúsculas.

Para Él decir barro es decir cántaro, ánfora, es decir samaritana, fuente, sed… Barro es componente del planeta, como el fuego, el aire, el agua… Y decir barro es decir polvo del sendero, sandalias del pescador, oasis, camello y palmera, aridez de los montes de Moab, desierto y camino. De algún modo es decir, Camino de Emaús.  ¿No notamos cómo nos arde el corazón cuando lo tenemos, gracias a Ti, Luis, en nuestra presencia?   

Pero para ti, decir barro es también volver a tus tiempos primeros, al hijo de Carmen y de Ángel. De Ángel Ortega, el alfarero del tejar de Pasadahonda. Tu particular Nazaret de infancia. Las  primeras manifestaciones de tus dotes artísticas. La bicicleta roja y la escuela de Artes y Oficios. En el tiempo feliz e indolente que aun prometía otra vida menos trágica. Todo hubiese sido tan amable sin lo que estaba por acontecer, aquella guerra… porque el barro no solo sirvió para hacerte feliz sino también se metió –eso pasa a veces- en los ojos de los hombres, provocando aquella ceguera que te robó padre, madre, hacienda y libertad. Primero tu madre, luego tu padre, Alfa y omega de la guerra civil. Por qué. En tan poco tiempo, con tanta saña. Y todo lo que verías en los frentes.   

Tu terribilitá. Dicen que cuando acabaste el apostolado de la Cena te plantaste delante y dijiste: Dios mío ¿yo he hecho esto? Igual que cuando Bounaroti le dirigió aquel ¡habla! a su Moisés. No es de extrañar que Miguel Ángel fuera uno de tus referentes. Tú también tenías en tu interior, como él, tu propia terribilitá -aún para asombro de ti mismo- desde que el odio de los hombres quebró la caña inocente de tu adolescencia, cuando supiste de la separación de hierro que la cárcel le pone a toda bondad, a toda justicia, difícilmente digerible. Por eso debe ser un don –y bien que lo aprovechaste- poder crearlo todo de nuevo –barro en las manos- para que los hombres aprendan otro camino. Qué lástima que no estés hoy para hablarnos del verdadero camino del perdón y la reconciliación.     

Qué merito. Podía haber sido tu vida, al acabar la contienda, un trozo de barro que se toma con la palma de la mano y cerrándola con rabia se revienta explotando y rebosando del puño. Pero no. Siguieron siendo tus dedos una caricia de alfarero. Y el barro algo más que una afición, un modo de llenar la existencia. Desde la cerámica hasta las figurillas que se fueron convirtiendo –sagradas imágenes luego- en motivo para poner de rodillas a los hombres. Por devoción y por asombro.    

Que lo digan no solo en Sevilla, que lo digan en Málaga con nombre de Pasión y Descendimiento, en Jerez también con Descendimiento y Cena, en Burgos Inmaculada y Crucificado, en Manzanares como Atado a la Columna, Vera Cruz, Perdón y Esperanza, también del Perdón en Cádiz, en Rota de la Salud, en el Puerto y en Huelva de la Oración del Huerto, Buena Muerte en San Roque, Piedad o Angustias en la Línea, del Silencio en el Desprecio de Herodes en Córdoba, Inmaculada, Fátima… Y los bocetos, y las obras inacabadas –que remata el hijo-, y las restauraciones y los estudios, los proyectos y las figuras complementarias, las series de  6relieves. Tanto de ti en la Macarena, por ejemplo: ese diorama corrido de la Pasión del paso de la Sentencia. O en la Estrella.    

Miro el color barro de las cartelas de la Bofetá y me digo: ahí estaba Dios dialogando contigo. Colegas en el oficio dúctil del barro que se ejerce con las yemas de los dedos. Con la madera hay que pelearse y violentarla pero el barro es expresar con la piel tus impulsos y en cada forma dejar directamente tu huella.    

Eloisa Chelles ¿os acordáis de ella?, en su casa de la plaza, tenía entonces el boceto en barro de la cara de nuestro Cristo y José Luis Ruiz Muñoz el del misterio que Manolo Otero le había cedido para acabar en nuestras dependencias. Mediando Paco López Arjona conseguimos su depósito temporal para ser pieza central de la IV Semana del Joven Cofrade. Fue José Luis quien puso a la providencia en el camino para que aquel boceto que ni se había presentado al concurso convocado por la hermandad acabara siendo nuestro paso procesional. Y la gente del arenal baratillero, sobre el barro de las explanadas donde se aprestaban las flotas de Indias, nos mostraron su Cristo misericordioso como decidido argumento.     

Por eso tu técnica particular de imaginero le daba al barro más protagonismo que el del simple trazo del primer modelo. Por eso aquella noche en la capilla te vi esmerarte, detenerte a conciencia mientras ibas sin prisa modelando el dedo roto. Un hermano, recordarás, Luis, te pidió ese dedo de barro, cumplida su misión, para que acabara custodiado en buenas manos. Supo estar a tu altura. Para que fuera reliquia, reliquia del Cristo y reliquia de ti por conservar grabado el roce de tus dedos.    

Así que hablar aquella noche del barro creador del Génesis con el Cristo de la Caridad fue un modo de reconocerlo como Dios. Como la Suprema Persona de la Trinidad. Como el Padre, el infinito hacedor, con su halo divino dejando la insignificante muerte a un lado. Ahora me explico que te sorprendí en tu Tabor particular. Creciéndote –esto lo afirmo yo- en la superación, casi herejía, de pensarte más que El. Sí, porque Dios del barro saca un hombre, y tú del barro sacabas a Dios. Y con un poco de barro sobre los ojos Cristo le curó su ceguera al ciego del evangelio. Tú, en cambio con otra pizca, fuiste más lejos: alumbraste los ojos de fe de muchos de nosotros.    

Y tu Señor le contestaste que el barro es el signo de la humildad. De barro había que cubrirse la cabeza en la antigüedad, el  7cuerpo entero por penitencia muchas veces. Barro eres –debían decir mejor aquellos curas de nuestra niñez los miércoles de ceniza- y en barro, no en polvo, te has de convertir. Porque el barro, sabemos, es terapéutico, tiene propiedades curativas. Y perdona los pecados. Y le dijiste que con tanto barro afanoso como había trabajado, ya tenía abiertas las puertas del cielo. De barro tenía hecha y encendida su lámpara de aceite, aguardándote.    

Y le dijiste Señor, al verlo acabar la hechura de barro con que restaurar tu dedo roto, que estabas pronto a ayudarle a dar el gran salto. Que solo un Lunes Santo le separaba del día señalado. Y que tenía razón de tanto decirnos que no le tenía miedo a la muerte. Que viniera cuando quisiese.    

Y tu le respondiste aquello del salesiano Carreño Etxeandía  

Piensa lo que será:  

pasar de la borrascada de la vida  
a la paz sin medida.  

De un brazo asir,
y ver, al irle en pos,
que es mi brazo de Dios.
Abrir los ojos,
inquirir qué pasa
y oir decir a Dios
¡ya estás en casa¡
Cerrar los ojos  
y empezar a ver,
pararse el corazón
y echarse a amar.  

Piensa lo que será:
saltar de pronto  
y ver que es cielo ya.

LA MADERA

 Pero puede ser que todo esto no fuera cierto. Puede ser que tu, Luis, prefirieses aquella noche encontrarte no con el lado divino de Jesús sino con el Jesús hombre.  

Puede que no hablaseis del barro tal y como lo he imaginado, sino de otra materia común a vuestras manos… ¿recuerdas? Jesús, hijo del carpintero. Antes de su vida pública, el mundo de Jesús sería tan parecido al tuyo. El olor del taller según las distintas procedencias de las tablas, sus diferentes vetas, el mareo penetrante de las colas, las virutas por el suelo, los suaves golpes… Qué cercano lo sentirías, casi del mismo gremio, tendríais tanto de que hablar.  

Para ti decir barro era decir el nombre de tu padre. Para el, decir madera era decir el nombre del suyo. José.   

Decir madera es decir cuna y decir ataúd.  
Decir madera es decir mesa de trabajo y carreta de camino.  
Cerca del pastor y barca del pescador.  
Puente y puerta.  
Arado y cayado.  
Cuchara y asiento.  
Leña ardiendo y astilla.  
Decir madera es decir pesebre pero decir Cruz.  

Materia es la madera que tuvo vida, que incluso acogió vida cuando era árbol lleno de nidos y que conserva aun algo de su débil carnosidad. Decías que para ti cortar la madera era hacerle daño, qué razón. Vida que fue, y vida que “será” de nuevo, gracias a vosotros los imagineros. Gepettos bondadosos que recibís como mejor premio ver cobrar vida a vuestras obras. Que primero veis anticipadamente cómo cada figura espera que la descubráis dentro de un bloque sin forma. Y que luego las veis alejarse con existencia propia para alumbrar la vida de mucha gente.     

Viven tus obras, Luis. Recordarás aquello que narró un pregonero: la viejecita que cada mañana acudía a tu Señor del Soberano Poder ante Caifás y se marchaba satisfecha tan sólo de rozar su peana, mientras El pronunciaba nuevamente lo de la hemorroisa: ¿Quién me ha tocado que de mí ha salido gracia? En esa peana lo pone bien claro y en mayúsculas: “YO SOY”. Dime Luis eso ¿lo escribiste tu, o El?   

Vive el Cristo de la Caridad. Aunque le corra la sangre por fuera. Claro que este Cristo llevó como sangre la tuya, a quién puede extrañarle. La sigue llevando aunque lo volvieras a policromar. Siempre la llevará, forma parte de el y le mantiene vivo como a nosotros la nuestra. Y me impresiona de entre todos tus regueros ese que te cruza, Señor, la cara de un lado a otro, como tachando tu belleza porque no ha de ser la belleza aquí la protagonista, sino la vida.    

Vive y lo hacen vivir también quienes completan, Luis, tu tarea. Como lo termina de tallar Palomino cuando pliega la comba de la sabana adoptando su postura, y Luis López con el romero y los lirios que lo empalidecen y lo ungen, y los priostes con sus afanes hasta con la misma limpieza de los cristales de los faroles… y por supuesto abajo, lo completan los costaleros. Decía Sánchez del Arco que una imagen no estaba acabada de tallar hasta que los costaleros le daban su movimiento natural… Manolo Villanueva, su gente, que entran puntuales en el último minuto cuando ya estamos los nazarenos cubiertos, y al levantar el primer faldón, ya el cimbreo de la aureola de la Santa, el parpadeo del brillo de un farol, ponen en marcha la comitiva. Y al final también lo completa Sevilla toda que baña en policromía de miradas lo que en la soledad del taller tu fuiste fraguando.   

Para llegar a la fortaleza expresiva de tus sagradas imágenes, recorrías un camino previo de artista de cuanto le rodeaba, en pinturas, esculturas y relieves. Las  manos descarnadas de tus apóstoles provenían de la misma valentía con que concebiste: “el hombre y la fuerza”, “el éxodo de Gibraltar”, “los ciervos”, “los titanes”, “los ciclistas”, la velocidad de los temas motoristas, el realismo onírico daliniano, el surrealismo. Como hay una hermanada quietud entre tu Cristo de la Misericordia baratillero y tus paisajes.   

Y en medio de todo ello, como firma tuya, tu rebeldía a lo convencional. Trabajar por lo común sin modelos. Modelar a tamaño natural. Los cuadros a dos caras. El ahuecado por paredes… No voy a extenderme en técnicas y producción. Para eso está el libro de Gatius. Pero sí preguntarme el por qué, Luis, ese creciente gusto tuyo por la monumentalidad. A imagen y semejanza tuya, y no es broma lo que digo. No es que fueras de complexión enjuto, sin carnes… tuviste la carne más musculosa, dura, tensa, retorcida, pero la dejaste en tus obras. Atormentada carne, complementada de tejidos nervudos, que cuando tus figuras se reúnen en grupo como  en los misterios de la Cena alcanzan la apariencia de colosos mitológicos. Sus pliegues poliédricos, de líneas continuadas, con un efecto vidriera de la tela tallada sobre el cuerpo. Su rudeza. Tu temperamento. Gregorio Fernández pujando en Berruguete y Juan de Juni. Monumentalidad hasta en el pequeño formato, como en los evangelistas de las esquinas del paso de los Servitas, que se asoman a los respiraderos como los de Juan de Ávalos en Cuelgamuros.   

Y con la monumentalidad, el grito desgarrado que guarda su licencia de ternura para la Virgen, para su imagen llena de misticismo. Tu nombre de María, en Sevilla, se llama de la Salud.   

Cuánto partido, sí, le sacaste a la madera. De eso puede que hablaseis aquella noche. Qué bello idioma con el que manifestarse. Con las mismas palabras con que la Piedad habla en mármol en el Vaticano, hiciste en nuestra tierra un bello poema de la muerte y la madera. Concentrando trágicamente todo el sentido de su final en el repertorio de manos exhaustas de tus Cristos. Como un cuaderno de estudio dejaste el catálogo que va del Traslado al Sepulcro en tus relieves del Dulce Nombre o la Sentencia hasta el brazo náufrago del Baratillo o la Piedad de la Exposición de Otoño de Madrid de 1964, la Piedad de la Línea, o tus Cristos descendidos. Y alcanza aquí el vértice de lo máximo, más allá del juego de detalles de la rosa. Aquí Cristo es el hombre que se remonta al Adán de la Sixtina. Extiende como en los frescos de la Creación su dedo índice, cuya réplica no ha de darla la sangre florecida de la rosa sino la ausencia del Dios que con su otro índice enfrente le insufle la vida. Y esa falta convierte esta mano en una representación del abandono de Dios hacia su Hijo, camino del Sepulcro. Representación por lo tanto del hombre solo.    

Antonio Romero, fiel, inolvidable prioste, decía que en las subidas de nuestro Cristo al paso la gente que ocupaba la escalera no hacía más que repetir: la mano, la mano, cuidado con la mano… pero que mientras tanto, al Cristo quién lo cogía. Y la gente dice: la mano, la mano, la rosa… pero quién devuelve al hombre a Dios, quién ve en esa mano la necesidad de recuperar a Dios. Quién coge este cadáver y lo mira frente a frente. Veréis –otra genialidad tuya, Luis- que desaparece toda la serenidad del plácido sueño de su perfil, y desde arriba su rostro se convierte en el de un Laocoonte atormentado, preso aún de las torturas de la Pasión.      

Un año me invitaron al privilegiado balcón de Calvillo de calle Sierpes al momento de pasar nuestro paso. No viene al caso contar  11por qué no iba de nazareno. Tal vez porque la providencia me quería regalar aquel modo de verlo pasar. El balcón avanza sobre la calle y el paso lo esquiva ceñido a su baranda, rozando mi cintura. Me extrañó que no era el paso de siempre, el del Traslado silente y dormido. Que desde lo alto, divisando de frente la cara de nuestro Titular, la escena se volvía incluso violenta, desencajada de rostros en tensión. Cristo entreabre ya los ojos, el pelo se le revuelve, las facciones se retuercen de agonía y la sed y el dolor perturban violentamente su sueño. Y las imágenes parecían repetir aquellas lejanas palabras tuyas, Luis: “Vinieron llenos de angustia y llenos de majestad con el corazón partido por un dolor inmortal y el orgullo de la raza crispado sobre la paz”. Y que el Cristo era viva imagen de aquello otro que también repetías: “Yo soy superior al sufrimiento”.   

Sí, puede que aquella noche en la capilla hablaseis de todo esto. No son pocos los que afirman, incluso sacerdotes, que aquello que tenías delante de ti en la capilla tan de cerca, tan tuyo, era eso, un simple bloque de madera, un palo, como dicen. Un becerro de oro, un amuleto iconoclasta. Y ahora te veo ahí, en esa exacta loseta, donde colocábamos a tu Cristo para su Besapiés, donde nos arrodillábamos para comulgar, donde reposaba la sombra del Sagrario, donde hoy se sostiene el clavo ardiente de nuestra fe sacramental… y entiendo lo grande de tu afán y de la gratitud que te debemos.   

Y me doy cuenta por qué no fui capaz de entrar, pudoroso. Por qué me frenó el sagrado misterio que os envolvía, para no asomarme más allá de la intimidad de vuestro diálogo. Porque de allí había desaparecido todo rastro de madera. Ya erais dos hombres de carne y hueso, abrazando –recuerda la fábula de Gepetto- un mismo palpitar, un corazón unísono. Dos viejos amigos, colegas, de viaje, de vuelta de la gran tribulación. Tan libres en su esclavitud y su condena que estaban llamados a permanecer juntos para siempre y servirnos de ejemplo duradero. Por eso estás aquí, por eso estáis aquí, en un tiempo nuevo que acabó derribando hasta los muros de aquella escena irrepetible.

Y EL MAR   

Perdonad.   

Perdona, Luis.   

Quizá sea especular demasiado el imaginar cuanto he dicho: acaso allí de nada hablasteis. Ni del barro ni de la madera. Lo habré soñado, ilusiones mías. Acaso no sucedió. De hecho, aquel Lunes Santo del 82 nadie supo de tan discreta restauración, hasta el punto que dudamos si existió. Incluso yo mismo dudé que hubiera sido cierta aquella escena de la que creí ser testigo por sorpresa. La mano perfecta de Apolo del Santísimo Cristo de la Caridad volvió a palidecer como siempre al sol de la tarde, con su apariencia de mármol y de fría muerte. Como si nadie la hubiera tocado.  

Tuvieron que pasar varios meses para confirmar que efectivamente había sucedido. Y para saber del valor profundo de aquel íntimo y trascendente encuentro que solo vosotros, Luis, conocíais. No sé si hablando del barro y la madera. Pero seguro que si sobre algo hablasteis, si hubo allí diálogo fue más que nada para volver a citaros días más tarde, y esta vez ya sin nadie por testigo.   

Llegó tu hora. 21 de Noviembre 1982. Tu hijo tomó un breve apunte de tu rostro afilado y dormido, como si te hubieras convertido en una de tus obras. Esta vez sería Cristo el que estaría en pié para aguardarte, para sanar todas tus heridas definitivamente. Ya ni siquiera te llamabas Luis porque allá arriba no hacen falta nombres.   

Nos dijiste adiós a tu manera. Quedó sin acabar tu último dibujo. Su título –“todo está consumado”- demostraba que te fundías en la inmensidad de Dios con plena conciencia. Que sabías a dónde ibas, que llegabas con las manos llenas a la hora del premio y la recompensa… allá en su cielo… mejor dicho: en su mar azul. Porque aquí en Santa Marta no creemos en el cielo, sino en el mar azul.  

Decimos Traslado al Sepulcro, pero ¿Quién ha visto a este misterio llegar nunca a ningún sepulcro?¿Quién quiere sellar con losa y piedra esta lánguida llama de esperanza que pronto habrá de reavivarse? Hay un deseo de inmensidad que nos lo impide, que reclama una plenitud oceánica, una necesidad de infinito. Y que,  como en el mar, alcanza en la hora del crepúsculo, de este crepúsculo, su más bello momento.   

El mar que hemos puesto de peana a tu misterio. Tiberíades de San Andrés, el de los azules cirios del Traslado al Sepulcro, el de los terciopelos oscuros pero sobre todo el de los lirios eternos del Lunes Santo que te aguardaban para acompañarte en tu descanso. Si recuerdas, aquel 82 no hubo lirios para la estación de penitencia. Hubo que poner claveles y esparraguera. Los lirios estaban aguardándote a ti.  

Los lirios que en oleaje rompen en la crestería dorada de las cartelas de nuestro paso y se extienden en la larga superficie donde parece caminar, como en el milagro, Jesús junto a los suyos sobre las aguas.   

Marejada azul del paso, donde el brazo inerte y resbalado de Cristo deslizándose por el costado de la barca blanca de su sábana, describe con su índice ondas en el agua.   

Alta mar azul de lirios donde a veces semeja que los discípulos van a arrojar el divino cadáver, como se suele hacer en las costumbres de las gentes de mar, en lugar de llevarlo al sepulcro. ¿Lo veis? No es un disparate. Vemos el mar pero no la piedra redonda de la entrada del sepulcro. Y tú, Luis, estando aquí a sus pies, tal podría decirse también de ti mismo. Que te has fundido en su mar místico.  

Hace ya muchos años que abandonaste tu propio mar, el mar primero de tu primera patria, campo de Gibraltar y bahía de Algeciras. Curioso, no veo reflejado por ninguna parte apego tuyo al mar. Si acaso tus aficiones al ciclismo y la natación nos hacen imaginar que tomaras la bicicleta para escaparte a nadar a la costa. O acaso ni te dio tiempo –no eras tú como tu bisabuelo Pedro, capitán de la marina- y lo dejaste atrás tal vez por el dolor de haberlo visto enlutado de sangres y de odios. Y como Alberti, dijiste un día:    

Bajé hasta el mar y el mar que yo quería
fue en vez del mar azul el de la pena,
triste la espuma, gélida la arena
 de una  playa que el viento deshacía.

Oh ansiado mar, oh mar que fue tan mía,
 tan libre ayer, tan rota de cadena,
por qué mar, hoy mi cárcel, mi condena,
la muerte a la que tanto yo temía.

  Irme de ti no será traicionarte,
mar mío pues no puedo ni mirarte
sin verme y sin sentir un mar de llanto.  

Adiós me voy, perdona mi partida.
Vuelvo a la tierra en donde está la vida
de un marinero que perdió su canto.  

Ese alejarte simbólicamente de tu mar solo fue físico. Fuiste forjando con tu obra en cada momento de tu vida un regreso, esta vez al mar espiritual de Dios  

Ese mar que nos regalaste en detalles desapercibidos, reflejado a menudo en las pupilas de tus imágenes: en el Atado a la Columna o en María Consoladora de afligidos, de Manzanares. En el San Mateo de la Cena, en el ángel de la oración de la Prioral del Puerto, en el Cristo de la Salud de Montesión. El mar, dicen, de los ojos de tu hermana Germina. Azul, azul, azul. Es la nobleza de sangre azul que corre por tus venas, pero salada. El azul obsesivo que nos retrata:   

No lo lamento, no, no me cohibo;
Escribo la palabra azul, la escribo  

Una y mil veces una;
Azules son tus horas, tu fortuna,  

Azul es tu rencor, azul tu grito,
y azul es tu destino: el infinito.  

De naufragios azules es tu historia
y de muertes azules tu memoria.  

Azul que se abotaga y se agiganta
en la caverna azul de tu garganta.  

Azul tu olvido, azul tu aprendizaje,
azul la majestad de tu follaje.    

Azul es el sendero de las naves,
y azules son las sombras de las aves.  

Azul es mi delirio, azul el vino
 que bebo de tu pecho azul marino.  

Azules son tus ocios y venturas,
azules tus quietudes y lisuras.  

Y tu furia es azul, oscura, agreste,
y tu mirada clara, azul celeste.      

(Fernando del Paso)   

Tu azul fundido hoy con el azul de Dios de Santa Marta.   

Tu biografía cerrada en un círculo, de vuelta con tu muerte, aquí, al mar de la niñez. El mar también de los reencuentros porque solo este Cristo que salió de tus manos -igual a como nacieron tantos niños gracias a las manos de tu madre- podría reparar esos largos mordiscos de tu alma que habías llevado toda tu vida.  

Pensarías, con tu humildad y tu carácter, que la hora de tu muerte se cumpliría en ese “y yo me iré y seguirán los pájaros cantando” de Juan Ramón Jiménez. Pero el poeta también escribió, como si lo hiciera para tí:  

Mar, toma tu esta tarde sola y larga
mi corazón y da a su sufrimiento
tu anochecer sereno y extendido.  

Que una vez sienta cual tu, en la amarga
infinitud de tu latir sangriento
el color uniforme del olvido.  

Del olvido…te olvidarás tu, Luis, Juan Luis Ortega Bru. Porque nosotros, como los tuyos, no te olvidamos. Pregúntaselo a tu nieta Sara. Como no te olvida la humilde casa de San Roque, ni tus gubias y formones, ni los libros ni la vida. Ni todo tu universo de nombres, lugares, fechas que están ocultamente grabadas en esa lápida: Jacinta, Marina y Germina; Augusto, Onésimo, José Domingo de Mena (maestro), la sección de cartografía del Pardo, la sala Hernal, el general Rodríguez Díaz de Lecea, Carmen León (ay si la vida hubiera sido siempre como ella), la Encomienda, las ganas de irse a  Madrid, José Onésimo, la galería Cubiles, Resendi, Vasallo, los talleres Granda, Madrid, María del Carmen, Ciudad Jardín, la Biblioteca Nacional, Débora, el taller en Fernández Balbuena, el premio del club Urbis, la Exposición de la sala Antúnez y Carbajo, la mención en Bruselas, la primera medalla de la Exposición de Otoño, la Sala Florencia de Sevilla, la Caja de Ahorros en Jerez, la sala Zero, la calle en San Roque, la nueva casa de O`Donell y el taller de calle Prat, la luz de Sevilla recuperada, el taller de Guzmán Bejarano, el piso de calle Santa Ana, y Teodosio, y el Pumarejo, los garajes Mauri de Castellar… lo que sucede una vez, se queda sucediendo para siempre.   

No, no te fuiste un año cualquiera, aquel 82, al menos para nosotros los hermanos de Santa Marta. Te fuiste como triste colofón de muchos acontecimientos nuestros pero sobre todo, te fuiste en el justo momento de asegurarte que podías asirte a su mano fuertemente. Lo atestiguo, porque os ví aquella noche en la vieja capilla. Acaso él te prometió que habrías de terminar quedándote, tiempo después, a su lado. Aquí abajo en el polvo y la ceniza, allí arriba en la certeza que por la fe profesamos. Podrán marchitarse estas flores pero no los lirios, podrán secarse en la memoria los homenajes pero no el mar que compartís, lleno a través de tus imágenes de oraciones, súplicas, gratitudes, puestas a sus pies por varias generaciones gracias a tus manos de genio. Pienso en ese nazareno o nazarena, con su cirio, en el primer tramo que lleva y siente al Cristo gracias a esa fe tan próximo como el mismo maniguetero. Pienso en el último penitente que entra de regreso en San Andrés, con la plaza ya despoblada, olvidado de todos, menos de Dios: sitio que, conociéndote, por cierto, te hubiera gustado ocupar seguramente. Y tantas poesías inspiradas, tanta Palabra de Dios derramada, tanto culto y tanto incienso impregnando su policromía, tanta cera alumbrándolo, tanta fidelidad arraigada en la mente y el corazón de los que recibimos tu obra como un regalo. Cómo pagar eso.  

Descansa siempre en paz, Luis, en tu merecido sueño. Que también la Virgen de las Penas (sus Penas y las tuyas), al mirar tan de cerca a su Hijo en el paso, con la corona de espinas en las manos, y con la misma mirada que yo vi en tus ojos aquella noche de hace 25 años, te haya agradecido –intercesora- tanto que también por Ella hiciste para facilitarle el sepelio de su Hijo, igual que Arimatea puso su sepultura, la sábana, al escalera, sus tres necesidades… tú fuiste el fotógrafo que impidió que se perdiera inútil en la Historia el patetismo de esa escena del primer Viernes Santo, y que sirviera de lección para enseñarnos a compadecerla, a confortarnos a lo largo de los siglos. Para tenerlo de ejemplo de amor a Dios y a la humanidad.  

Venerable Luis, sí, Venerable, porque te mereces el título que con la impresión que causaste al Cardenal Segura –Antonio Vigil mediante- ganamos para el título de la Hermandad. Ya no existen tus ojos trabajados, tu tristeza humilde, ni tus hombros vencidos, tu breve calavera, tus facciones de apóstol. Qué bello fue vivir porque el mundo hubiera sido mucho peor si no hubieras existido. Sobre la lápida que cierra tu sepultura están tiradas, permanentemente, como los lienzos sobre el sepulcro de Cristo, las gruesas cuerdas con las que imaginaste al hombre maniatado, atormentado, de tu “Recuerdos del pasado”, que intenta morderlas para deshacerse de sus nudos… porque ya te has liberado de ellas. Con tu cuello alto de lana, tu chaqueta descuidada y los cordones de las gafas, tállanos, en tu nueva libertad, en tu merecida libertad, la aurora y la esperanza. Que no encuentro mejor modo de pedirte que ruegues por nosotros.       

Nosotros, más que nunca, seguiremos apoyándonos en ese mundo ideal que salió con tanta belleza de tus manos y que se resume en el perímetro que marcan los seis faroles de nuestro paso, y que nosotros llamamos Caridad.  

Nada más que eso hace que te debamos la vida, al menos la parte más profunda de nuestra vida. Nuestra deuda contigo, te la pagaremos un día –si Dios quiere- con el azul de ese mar de lirios por testigo.  

Luis Ortega Bru, ejemplo de paz, ejemplo de perdón, herramienta en las manos del Padre, bienaventurado instrumento de Dios.   

A ti, a vosotros os lo rogamos:  

Padre nuestro que estás en el mar…
…y Ortega Bru, igual de nuestro, que estás eternamente a su lado.

Por los siglos de los siglos, Amén.