XXV Aniversario del Via Crucis del Consejo de Hermandades

Este año 2.009 se cumplen 25 años del Via Crucis de Cuaresma con el Cristo de la Caridad a la Catedral de Sevilla que cada año organiza el Consejo general de Hermandades y Cofradías. Reproducimos a continuación el artículo aparecido en el Boletín nº74 de la Hermandad publicado en esta Cuaresma.

Solemnidad, fervor y alguna piedra en el camino

25 aniversario del Vía Crucis del Cristo de la Caridad a la Catedral de Sevilla

Alfredo Guardia

ABCviacrucis.jpgCuaresma de 1984. Sábado 10 de marzo. Reyes Católicos se convierte en improvisado epicentro de la noticia, que tiene su origen en el domicilio particular del presidente del Consejo de Hermandades y Cofradías. Reunión de urgencia en casa de José Carlos Campos Camacho con un único orden del día: limar las asperezas surgidas acerca de la organización del Vía Crucis a la Catedral que iba a presidir el Cristo de la Caridad ese año. Un serio encuentro para desenredar un asunto -no tanto público como notorio- que venía provocando desavenencias entre ambas partes desde la elección de la imagen y en el propio seno de la Hermandad. Y la Junta de Gobierno no las tenía todas consigo porque había opiniones contrarias al ofrecimiento del Consejo, que, a su vez, evitaba repetir la fórmula seguida años anteriores por las hermandades designadas para este acto penitencial. Nada de estandarte e insignias –salvo la cruz de guía-, ni amplios tramos de hermanos con cirio, y ese año, como novedad, el rezo de 13 de las 14 estaciones sería en la calle. “Ellos querían una manifestación de fieles y devotos alrededor del Cristo y no una mera contemplación”, comenta José Joaquín Gómez, que ocupaba también como hoy un puesto de responsabilidad en la Junta de Gobierno. La Hermandad era partidaria de organizar ese acto público con “recogimiento, seriedad, silencio y, sobre todo, con la preparación espiritual que ello requiere”, como adelantaba el entonces Hermano Mayor de Santa Marta, Antonio Távora Molina, en el editorial del boletín publicado a primeros de marzo de ese mismo año. “Será un día –añadía- sólo comparable con aquel Lunes Santo de 1976 en el que todos los hermanos, más unidos que nunca, hicimos estación de penitencia portando a hombros a nuestro Cristo, con la única diferencia de que no llevaremos túnicas”. Antonio Távora era partidario de realizar el Vía Crucis y entendía “perfectamente que al Consejo, como organizador, había que tenerlo muy en cuenta. Una vez aprobado el traslado –no sin dificultad- por parte del Cabildo de Oficiales, era necesario hacerlo con todas sus consecuencias”. Al final, las aguas volvieron a su cauce a dos días de ese primer lunes de Cuaresma, “se pudo zanjar el asunto”, recuerda José Joaquín Gómez, presente en aquella reunión, y el Cristo de la Caridad presidió con toda solemnidad el Vía Crucis a la Santa Iglesia Catedral.  

La designación no causó sorpresa alguna en la Hermandad. A pesar de contar con pocos años de historia, la corporación de San Andrés ya cobraba protagonismo en el Consejo de Hermandades de la mano de Manuel Otero y de José Joaquín Gómez, tesorero y secretario, respectivamente. Tampoco el Vía Crucis en aquel entonces lograba la repercusión mediática que tiene ahora en la prensa morada. Nada de quinielas para determinar qué Hermandad sería agraciada con la elección de su imagen, “ni eran tan evidentes las muestras de alegría y de desilusión”, como subraya José Joaquín. En la Hermandad, “la noticia se acogió con naturalidad”, recuerda Távora. La intención de la Junta de Gobierno era que se celebrara en idéntica forma a como tradicionalmente se hacía el primer martes de Cuaresma por la feligresía. “Lo único que cambia es el día y el recorrido, sin olvidar que a todos nos cabrá la dicha inmensa de mirarnos en nuestro Cristo presidiendo tan piadoso acto y también será una dicha para el pueblo de Sevilla”, se podía leer en el mencionado boletín de la Hermandad. 

A las siete y media de la tarde del aquel lunes 12 de marzo, la cruz de guía y los dos faroles que acompañan en Semana Santa a la insignia de la Realeza, aparecían bajo el dintel de la puerta mudéjar que mira a la plaza Fernando de Herrera. Justo por delante de ella, y como cada Lunes Santo, nuestro hermano José López Arjona. Antes, en el presbiterio de San Andrés, se había celebrado una Misa presidida por nuestro querido párroco, José Talavera, (q.e.p.d). Al término de la Eucaristía, el cortejo integrado por una veintena de parejas de hermanos con cirios azules, -que cerraban Antonio Távora, como Hermano Mayor, Juan Vega y Manuel Ramírez, miembros ambos de la Junta de Gobierno-, acólitos ceriferarios e incensarios y la capilla musical de la familia González Gutiérrez tomaba el camino –ya sin nubarrones- a la Catedral. El Vía Crucis se realizó entre una multitud de fieles que en todo momento acompañaron al Cristo, escoltado por cuatro hermanos con faroles en cada esquina de las andas, con recogimiento y fervor, como rezaba en la primera de ABC al día siguiente. La fotografía de Esquivias, tomada a la salida de San Andrés, ocupaba en su totalidad una portada que se hacía eco de la asistencia masiva de devotos “llena de responsabilidad cristiana ante la presencia del Señor. Sevilla fue en la tarde de ayer templo para orar”. También en páginas interiores, Fernando Gelán, en su crónica, señalaba que los cánticos litúrgicos -como Perdón, ¡Oh Dios mío! y Perdona a tu pueblo, Señor- eran seguidos por cientos de personas de todas las edades que participaban en este acto público penitencial de la Cuaresma. Como curiosidad, los textos para el rezo de las estaciones fueron tomados del libro Signo de contradicción, obra del Papa Juan Pablo II cuando era Cardenal de Cracovia. 

La Hermandad acordó un mismo itinerario para la ida y la vuelta: Orfila, Cuna, Plaza del Salvador, Francos, Argote de Molina y Placentines, para entrar en la Catedral por la Puerta de Palos, como es habitual en este tipo de actos religiosos, a las 9 de la noche. Durante todo ese trayecto, el Cristo fue portado por las Hermandades del Lunes Santo, que posteriormente cedieron su puesto al resto de Hermanos Mayores de la nómina de nuestra Semana Santa, ya en el interior del templo, y a los miembros del Consejo. Precisamente el delegado episcopal en esta Junta con sede en San Gregorio, Camilo Olivares, fue el encargado de realizar la meditación en el altar mayor de la Catedral, con las andas del Cristo colocadas en un túmulo recubierto de un paño fúnebre del tesoro catedralicio, situado sobre la alfombra en la que bailan los seises. Tras el rezo de la última estación, el vicario general de la diócesis, Antonio Domínguez Valverde, ya fallecido, puso el punto y final al Vía Crucis haciendo mención al Año Santo de la Redención que se conmemoraba en esa fecha. 

Y si emotivo fue el momento en el que el Señor pasó por delante de la capilla de la Virgen de los Reyes, mientras se cantaba Alma Máter, no lo fue menos el recorrido de vuelta a San Andrés, con una importante afluencia de público en cada punto del itinerario. A las puertas de la antigua Colegiata, como recoge Gelán en su crónica, “esperaba la Junta de Gobierno del Amor para ofrecer de manera espontánea al Cristo de la Caridad un ramo de claveles rojos, aunque no sería la única ofrenda, pues otras hermandades y devotos hicieron lo propio”. Con la llegada del Señor a su capilla, terminaba un Vía Crucis marcado por la solemnidad y el fervor aunque con alguna que otra piedra