Formación Litúrgica

EL AÑO LITÚRGICO EN LA VIDA DEL CRISTIANO

AÑO LITÚRGICO Y MADUREZ CRISTIANA

El hombre vive en el tiempo y se siente medido por él; algunos llegan a considerar incluso que el tiempo es oro... se quedan cortos, el tiempo vale mucho más: es el espacio necesario en que nos hacemos personas y se nos permite acoger la salvación que Dios ha realizado en nuestra historia humana. Porque, en realidad, el tiempo es obra de Dios, «Aquél que era, que es y que va a venir.» (Ap 4,9) y el que ha hecho «las cosas pasadas, las de ahora y las venideras» (Jdt 9,5). Por eso, en el cristianismo –“la religión que ha entrado en la historia” (NMI 5)- “el tiempo tiene una importancia fundamental.” (TMA 10).

1. NO TODO LO QUE DURA MADURA

Más que durar muchos años lo que verdaderamente importa es madurar a su debido tiempo. La madurez personal es un proceso que dura toda la vida; un desarrollo progresivo en el que ciertamente el tiempo tiene su papel, pero en el que, sobre todo, cuenta la intensidad con que se vive el propio tiempo; a ello alude la sabiduría popular: «lo importante no es añadir años a la vida, sino añadir vida a los años»; y lo corrobora el Libro de la Sabiduría: «maduró en pocos años, cumplió mucho tiempo» (Sb 4,13).

Cumplir mucho tiempo en pocos años sólo se entiende si se sabe distinguir entre tiempo cósmico o matemático (que es el que marcan las manecillas del reloj o las hojas del calendario, o sea, sólo una mera y fría medición de la duración de personas y cosas) y tiempo “interior” o existencial, que se fundamenta en la relación del sujeto con “su” tiempo, entendido y experimentado por la persona como oportunidad única para llegar a ser ella misma, espacio temporal al que se le encuentra un sentido y se ordena a una finalidad. En “su” tiempo cada persona entra en relación con el mundo y con la historia; en “su” tiempo va adquiriendo la capacidad de aprender de la vida; en “su” tiempo, como espacio para el cambio, puede llegar el hombre a ser él mismo en la relación con los otros y con Dios vivo.

2. EL TIEMPO LITÚRGICO COMO TIEMPO EXISTENCIAL

Hay un rito solemnísimo que la Iglesia realiza ininterrumpidamente desde siglos en la noche más grande del año: sobre el cirio pascual, que, para la veracidad del signo, ha de ser de cera, nuevo cada año, único y suficientemente grande, se graba una cruz; a continuación se traza en la parte superior de esta cruz la letra griega alfa (que es la primera del alfabeto) y debajo la letra griega omega (la última del alfabeto); a su vez, en los ángulos que forman los brazos de la cruz al cruzarse se marcan las cuatro cifras del año en curso. Mientras el presidente pone en acto este sugestivo rito sus palabras ayudan a penetrar el significado de su acción: «Cristo ayer y hoy, principio y fin, alfa y omega. Suyo es el tiempo y la eternidad. A Él la gloria y el poder por los siglos de los siglos. Amén.»

Este rito de preparación del cirio pascual hace entrar por los ojos cómo va la Pascua del Señor introduciéndose progresivamente en cada etapa de la historia, apoderándose de todos sus momentos, año por año, mes por mes, hora a hora, minuto a minuto convirtiendo nuestro tiempo en historia de salvación. El tiempo queda abierto y permeable a la energía de vida que fluye de la Pascua de Cristo; a partir de ella, en efecto, “como de su fuente de luz, el tiempo nuevo de la Resurrección llena todo el año litúrgico con su resplandor. De esta fuente el año entero queda transfigurado por la liturgia.” (CCE 1168). La encíclica Ecclesia de Eucharistia habla de una misteriosa «contemporaneidad» entre el triduo pascual y el transcurrir de todos los siglos. (cf EDE 5).

Y así cada cristiano -testigo del Resucitado- entiende su tiempo como una oportunidad irrepetible para traducir a la propia vida el misterio pascual de Cristo. Se puede por tanto afirmar que el tiempo del cristiano no lo mide el calendario ni las agujas del reloj, sino el cirio pascual anual que arde hasta consumirse y pone en el centro de la vida de cada cristiano la Pascua de su Señor, cuya celebración permite crecer, de Pascua en Pascua, hasta conseguir la plenitud de la madurez en Cristo. “El sentido más profundo de la vida –son palabras de Romano Guardini- consiste en consumirse por Dios en verdad y amor, como el cirio se transforma en luz y calor.”

En esta misma idea abunda otro significativo momento ritual de la gran vigilia pascual: es la liturgia bautismal, con los variados signos que la conforman, que para los neófitos señala la hora de su nuevo nacimiento del agua y del Espíritu; y para los demás cristianos el momento de la renovación de las promesas bautismales, o sea, el retorno a los orígenes de su vida nueva y plena nacida de la Pascua de Cristo.

Por eso, la celebración anual de la Pascua –“eje de toda la historia humana” (CCE 1165)- nos convence de que Cristo posee el poder de abrir el tiempo y de hacerse presente en cada momento de nuestra historia como el verdadero contenido de todos sus momentos; y el misterio de su Resurrección, “en el cual Cristo ha aplastado a la muerte, penetra en nuestro viejo tiempo con su poderosa energía, hasta que todo le esté sometido.” (CCE 1169). No nos cabe ninguna duda de que “el Señor es el fin de la historia humana, punto de convergencia hacia el cual tienden los deseos de la historia y de la civilización, centro de la humanidad, gozo del corazón humano y plenitud total de sus aspiraciones.” (GS 45). 

3. AÑO LITÚRGICO E HISTORIA DE LA SALVACIÓN

Lo que acabamos de decir nos lleva como de la mano hasta la consideración del papel y la importancia del año litúrgico en el proceso de maduración espiritual del cristiano. Antes será oportuno clarificar la naturaleza teológica y sacramental del año litúrgico, que es como si quisiéramos explicar lo que el adjetivo litúrgico añade al sustantivo año. Aunque el año litúrgico posea también un aspecto pedagógico, la dimensión que propiamente lo define y caracteriza es la sacramental (lamentablemente esto se suele olvidar a menudo); y sobre ella se debe apoyar una espiritualidad cristiana sólida.

El año litúrgico, en efecto, es el resultado de una reflexión teológica sobre el tiempo, que se funda en la consideración de la liturgia como un momento de la historia de la salvación, que tiene una componente necesariamente temporal. En efecto, la historia de la salvación consiste en hacer entrar la salvación en la vida humana; y el año litúrgico o año del Señor no es otra cosa que “el momento en que el todo de la historia de la salvación, esto es, Cristo en sus diversas proyecciones temporales de pasado-presente-futuro, es llevado al tiempo determinado de un determinado grupo humano en el espacio de un año” (Marsili). Por eso se puede afirmar que durante el año litúrgico, la conmemoración de los misterios del Señor hace de toda nuestra vida un tiempo de salvación en la esperanza; es realmente “año de gracia del Señor” (cf Lc 4,19).

Dom Casel considera que el año litúrgico es en su aspecto externo una conmemoración, pero los creyentes descubren sobre todo en él la presencia del misterio de Cristo; su presencia y su llegada acontecen en toda celebración litúrgica; o sea, invaden nuestro tiempo mortal.

Jean Corbon es aún más explícito: “Jesús ha resucitado y es el Señor de la historia en la que estamos empeñados. Él es, y viene. Su venida irresistible supera los momentos de nuestras celebraciones. Estos momentos son posibles en cuanto irrupciones en nuestro tiempo mortal de un Tiempo vivo, liberado de la muerte. Dicho de otra manera, en la fuente de nuestras celebraciones hay una Energía del Espíritu Santo de la que debemos continuamente beber, y es el Tiempo nuevo de la Resurrección. Invade nuestros días, nuestras semanas y nuestros años, hasta que nuestro viejo tiempo se sature y su velo mortal se rasgue. Desde ahora, hoy, podemos tener parte en él.” (J. Corbon, Liturgia Fundamental, 2000).

O sea, el hombre que celebra el año litúrgico no es uno que tiene muy buena memoria para recordar acontecimientos pasados, sino un hombre de fe que cree firmemente en la presencia de Dios que está detrás de todas las experiencias salvíficas del pasado y actúa también hoy, aquí y ahora, como entonces. El año del Señor es, pues, el misterio del encuentro de Cristo con su Iglesia; su meta o finalidad es el encuentro con el Señor presente en nuestra historia, especialmente en la mediación sacramental. De este modo, la Iglesia “en el ciclo del año desarrolla todo el misterio de Cristo,” haciéndolo presente a los fieles “para que los alcancen y se llenen de la gracia de la salvación.” (SC 102)

Interesa también mucho comprender que el año litúrgico no es “una representación fría e inerte de cosas que pertenecen a tiempos pasados, ni un simple y desnudo recuerdo de una edad pretérita; sino más bien es Cristo mismo que persevera en su Iglesia y que prosigue aquel camino de inmensa misericordia que inició en esta vida mortal cuando pasaba haciendo el bien.” (MD 205).

Ni tampoco se puede reducir esta presencia de Cristo en el año litúrgico a una “serie de ejemplos morales proyectados pedagógicamente ante nosotros con el fin de considerarlos y meditarlos” (reducción pedagógica), puesto que la fuerza peculiar y la eficacia que tiene la celebración del año litúrgico para alimentar y sostener la vida cristiana es de naturaleza sacramental, pues “sacramental es toda realidad sobrenatural que se realiza históricamente en nuestra vida.” (Schillebeeckx).

Esta presencia de Cristo en el año litúrgico tiene como finalidad hacer presente y operante en la vida de los cristianos su misterio pascual, que se explicita a lo largo de todo el año; el ciclo anual, en efecto, dispone a los creyentes para el encuentro sacramental con el Señor: en los diferentes tiempos litúrgicos, en la celebración del domingo, en la liturgia de las horas, en la Eucaristía y las demás celebraciones sacramentales...

Para que resultase más fácil conseguir dicha finalidad el concilio Vaticano II reformó el año litúrgico y el calendario poniendo en su centro y “a plena luz” el misterio pascual de Cristo de forma que se comprendiese mejor que “la preeminencia que tiene el domingo en la semana, la tiene la solemnidad de la Pascua de Cristo en todo el año litúrgico” (SC 106), ya que la pascua semanal y la pascua anual constituyen el núcleo central de la configuración del año del Señor.  

4. AÑO LITÚRGICO Y CRECIMIENTO ESPIRITUAL

Para los cristianos el año solar está y se vive como “traspasado por el año litúrgico” (TMA 10), en el que se distinguen siete tiempos o momentos: 1. El Triduo pascual, punto culminante de todo el año cristiano. 2. El tiempo pascual, que se ha de vivir como “un gran domingo” de cincuenta días. 3. El tiempo de Cuaresma, ordenado a la preparación de la Pascua. 4. El tiempo de Navidad, que hace memoria de la Natividad del Señor. 5. El tiempo de Adviento, que dispone a la segunda venida del Señor y prepara a la celebración de Navidad.. 6. El tiempo ordinario, período de 33 ó 34 semanas en que se recuerda el mismo misterio de Cristo en su plenitud. 7.Las Rogativas y las Cuatro Témporas del año, tiempo en el que la Iglesia ora a Dios por las diversas necesidades de los hombres y le rinde gracias.

La fisonomía de cada uno de estos tiempos litúrgicos y su relación con la Pascua se encuentra muy bien diseñada en el capítulo I de las “Normas Universales sobre el año litúrgico y el calendario” (1969) y recientemente se ha elaborado otra descripción, breve y concisa, en el capítulo IV del “Directorio sobre la piedad popular y la liturgia”; su conocimiento es una ayuda imprescindible para orientar en la justa dirección una auténtica espiritualidad litúrgica en la que se integre sabiamente la piedad personal.

Se suele hablar, por ejemplo, de la espiritualidad del Adviento, o de la Cuaresma, o de la Pascua, etc. refiriéndose con ello a los distintos misterios de Cristo que se viven como proyecciones particulares del único misterio pascual, que, de esta manera, no es sólo meditado o contemplado, sino vivido en la celebración sacramental y por tanto destinado a suscitar un conocimiento experimental que se convierte en el método más perfecto de espiritualidad. De ahí que la espiritualidad del año litúrgico haya de ser entendida como una inserción progresiva e ininterrumpida en el misterio de Cristo que va imprimiendo en el cristiano, ciclo a ciclo, la imagen completa y acabada de Jesucristo.

Además los ricos y variados textos bíblicos y litúrgicos de cada tiempo del año litúrgico –cuidadosamente redactados y seleccionados a lo largo de los siglos y convenientemente adaptados por la reforma litúrgica del Vaticano II- constituyen un alimento sólido para la vida espiritual y una auténtica escuela de oración. La riqueza del leccionario de la misa o el del oficio de lecturas para la meditación cotidiana o para la lectio divina es proverbial; el misal romano reformado (ya está en vigor la 3ª edición típica) contiene un acervo de oraciones –entre otras, por ejemplo, las diversas plegarias eucarísticas, los numerosos prefacios- cuyo denso contenido bien merece una atenta reflexión; el salterio de la liturgia de las horas constituye un verdadero tesoro de oración.

Este sistema articulado en tiempos diversos, en el círculo de un año y repetido pacientemente durante toda la vida puede llegar a tener una eficacia incontestable para conducirnos hasta el alto grado de vida cristiana, la santidad, que todo discípulo del Señor se propone...

Sobre esta interesante cuestión es necesario advertir que, superada felizmente la histórica polémica sobre la piedad objetiva y la piedad subjetiva –que duró desde 1913 hasta las vísperas del concilio Vaticano II-, la existencia de una espiritualidad litúrgica es un dato ya adquirido que no se pone en duda: la Iglesia tiene su propia espiritualidad en la liturgia.

San Pío X considera la liturgia como la “fuente primaria e indispensable del verdadero espíritu cristiano”, Pío XII habla de ella como del medio “que tiene la máxima eficacia de santificación.” (MD 39), el Vaticano II la propone como “la fuente de donde mana toda la fuerza de la Iglesia” (SC 10). Refiriéndose a este aspecto el abad Salvatore Marsili precisa oportunamente que “la idea de liturgia-fuente de espiritualidad de la Iglesia hay que entenderla en un sentido estricto, es decir, la liturgia es el «punto originario» desde el cual la Iglesia alcanza el verdadero espíritu de Cristo.”

Como se ve, la cuestión de una vida espiritual firmemente apoyada en la liturgia como fuente de una vida cristiana madura está suficientemente explicada teológicamente. El problema surge en el nivel de la práctica de la vida cristiana; o sea, cuando la liturgia no nutre la existencia del cristiano, cuando se celebra de forma mortecina y la fuente de agua viva se queda de pronto seca.

“No todo lo que dura madura” se decía más arriba; es decir, el año litúrgico ayuda a crecer espiritualmente sólo cuando se vive como un auténtico encuentro personal con Jesucristo, que se hace presente cada día en la celebración de la eucaristía, en la celebración de la liturgia de las horas y en la meditación de la Palabra; cada semana en la celebración del día de Señor; cada año en la gran solemnidad de la Pascua. Es una experiencia fuerte de encuentro con el Resucitado lo que nos hace crecer hasta “el estado de hombre perfecto, a la madurez de la plenitud de Cristo.” (Ef 4,13). 

5. JESUCRISTO ES PARA TI HOY

“Si Jesucristo es para ti hoy, todos los días resucita para ti.” Esta afirmación admirable de san Ambrosio nos introduce como ninguna en el tema concreto de la celebración del día litúrgico:

5.1 «Ojalá escuchéis hoy la voz de Dios» (Salmo 94. Invitatorio): en cada hoy del año litúrgico se hace presente el misterio de Cristo principalmente por la celebración de la eucaristía –que tiene un influjo causal en la Iglesia (EDE 21), que la celebra cada día con “asombro y gratitud”- y por la liturgia de las horas, que extiende a los diversos momentos del día la gracia del misterio eucarístico: es el día litúrgico, marcado por estos dos momentos fuertes explícitos de experiencia comunitaria y sacramental de encuentro con el Señor, que además sostienen la liturgia de la vida celebrada en el altar del trabajo y la misión apostólica cotidianos de quienes, por el bautismo y la confirmación, participan en la tarea misionera de la Iglesia.

Tanto las poscomuniones del misal como el salmo invitatorio y algunas antífonas del oficio divino suelen insistir en la importancia de acoger responsablemente, desde la autonomía y libertad personales, esta presencia del Señor hoy para que su misterio pascual sea fructuoso y pase eficazmente a nuestra vida.

A la hora de las Completas podremos muy bien decir con el himno: «Gracias, porque al fin del día podemos agradecerte los méritos de tu muerte, y el pan de la eucaristía, la plenitud de alegría de haber vivido tu alianza...», o con el Cántico de Samuel: «Ahora, Señor, según tu promesa, puedes dejar a tu siervo irse en paz. Porque mis ojos han visto a tu Salvador.»

También la oración del rosario, en el que “María propone continuamente a los creyentes los 'misterios' de su Hijo, con el deseo de que sean contemplados, para que puedan derramar toda su fuerza salvadora” es un modo extraordinario de hacer presente al Señor en el hoy.” (RVM 11); “en efecto, penetrando, de misterio en misterio, en la vida del Redentor, hace que cuanto Él ha realizado y la Liturgia actualiza sea asimilado profundamente y forje la propia existencia.” (RVM 12).

5.2 El Día del Señor es el Señor de los días: en el primer día de la semana la Iglesia, según una tradición apostólica que tiene sus orígenes en el mismo día de la resurrección de Cristo celebra la Pascua semanal; esta fiesta primordial de los cristianos, vivida en la reunión de la asamblea eucarística, en la escucha de la Palabra, en la comunión y en la alegría, da nuevo vigor a la confianza y al optimismo del cristiano, inserto en el tejido social del mundo para ser testigo del Señor Resucitado.

El prefacio X del tiempo ordinario sintetiza perfectamente el sentido del domingo en la vida de la comunidad cristiana; también el misal reformado propone un communicantes propio para el domingo que destaca su lugar en la vida de la Iglesia: «Reunidos en comunión con toda la Iglesia, para celebrar el domingo, día en que Cristo ha vencido a la muerte y nos ha hecho partícipes de su vida inmortal.» Por la celebración de la eucaristía el día del Señor se convierte en el día de la Iglesia.

Tras la reforma del Vaticano II, el domingo se ha convertido en el núcleo y fundamento del año litúrgico; ello significa que contrariamente a lo que se piensa ordinariamente la vigilia pascual, no es más importante que cualquier domingo; de hecho, es la noche más grande por los elementos celebrativos que la enriquecen, que son elementos dominicales normales: la noche de Pascua es substancialmente un domingo (de Resurrección). Más aún, la Pascua anual derivó históricamente de la celebración del domingo, pascua semanal, y no al revés.

5.3 El gran domingo de la Pascua: ya ha quedado claro que el año litúrgico es el desarrollo de los distintos aspectos del único misterio pascual y que a partir del Triduo pascual el tiempo nuevo inunda todo el tiempo del cristiano. Queremos acentuar ahora que la Pascua de Cristo está siempre en el centro de todas las celebraciones del año, tanto las fiestas del Señor, como las de la Madre de Dios y las de los santos: la Pascua llena todo el año litúrgico y se prolonga en la octava y en la cincuentena pascual que concluye con la solemnidad de Pentecostés. Son los días, sobre todo, de la celebración de los sacramentos de la iniciación cristiana y de la mistagogia; un tiempo fuerte que sin embargo no ha encontrado todavía su sitio principal en la espiritualidad de los cristianos. Tampoco la celebración del triduo pascual ha llegado a calar del todo en la vida de los cristianos; son celebraciones que requieren una preparación muy especial (¡está toda la Cuaresma!) y grandes dosis de celo pastoral, pero también es necesario que quienes las presiden o animan las vivan muy intensamente para que se trasparente el Misterio.

6. DAOS CUENTA DEL MOMENTO EN QUE VIVÍS (Rm 13.11)

A veces perdemos la noción del tiempo; otras veces perdemos sencillamente el tiempo; con frecuencia nos excusamos diciendo que no tenemos tiempo; ocurre también que desaprovechamos ocasiones y oportunidades. En realidad en todos estos casos el tiempo no se muda, somos nosotros quienes no experimentamos ese tiempo como algo profundamente nuestro; la rutina, la distracción, la pereza, la superficialidad, la prisa nos impiden adueñarnos de nuestro propio tiempo... tempus fugit; y la vida queda vacía, vana.

También los años litúrgicos pueden pasar sin dejar su poso fecundo en la vida cristiana. La solución del problema debe ser práctica: es el modo de celebrar el año litúrgico lo que hay que mejorar movidos por la convicción de que en la liturgia, especialmente en la eucaristía, se “contiene todo el bien espiritual de la Iglesia” y “la fuente y la cumbre de toda evangelización” (PO 5); aprender a encontrar al Señor también en la celebración y, como decía el cardenal Martini a los presbíteros de la diócesis de Milán, ponernos nosotros al lado del Cristo glorioso que nos habla, nos escucha, nos sana, reza en nuestro nombre, lo mismo que hacía con los apóstoles en los años de su existencia terrena.

En este aspecto relativo a la forma de celebrar es también necesario saber asumir el espíritu y la letra de la norma litúrgica “redescubierta y valorada” (EDE 52); una reforma nunca podrá guiar y llevar a su término la renovación sin ellas: ¿de qué vale una sana teología litúrgica si no cristaliza en una norma o en un rito? Cabrían muchos ejemplos que se dan en las comunidades cristianas, pero en los que no me voy a detener...

Es también cuidar el modo de celebrar reservar espacios de tiempo suficiente para acoger la presencia del Señor en la celebración. No se puede celebrar con prisas o con la cabeza llena de preocupaciones. El diálogo con el Señor lleva su tiempo para la escucha interior de la Palabra, para madurar la adhesión al Señor; requiere además silencio y calma.

En suma, darse cuenta del momento que se vive, aprovechar el tiempo de la gracia, no echar en saco roto la oportunidad significa vivir con intensidad la propia vida. Y de la vida del cristiano forma parte el ciclo anual de la conmemoración de los misterios de la vida del Señor. Alcanzar el alto grado en la vida cristiana depende mucho del modo de celebrar este misterio del Cristo en el tiempo.

(Para recordar)

El hombre vive en el tiempo y se siente medido por él; algunos llegan a considerar incluso que el tiempo es oro... se quedan cortos, el tiempo vale mucho más: es el espacio necesario en que nos hacemos personas y se nos permite acoger la salvación que Dios ha realizado en nuestra historia humana.

1. NO TODO LO QUE DURA MADURA

La madurez personal es un proceso que dura toda la vida; un desarrollo progresivo en el que ciertamente el tiempo tiene su papel, pero en el que, sobre todo, cuenta la intensidad con que se vive el propio tiempo; a ello alude la sabiduría popular: «lo importante no es añadir años a la vida, sino añadir vida a los años»; y lo corrobora el Libro de la Sabiduría: «maduró en pocos años, cumplió mucho tiempo» (Sb 4,13).

2. IMPORTANCIA DEL TIEMPO EN EL CRISTIANISMO

El tiempo es obra de Dios, «Aquél que era, que es y que va a venir.» (Ap 4,9) y el que ha hecho «las cosas pasadas, las de ahora y las venideras» (Jdt 9,5). Por eso, en el cristianismo –“la religión que ha entrado en la historia”- “el tiempo tiene una importancia fundamental.” La razón es que desde la Resurrección de Cristo el tiempo queda abierto y permeable a la energía de vida que fluye de su Pascua; a partir de ella, en efecto, como de su fuente de luz, el tiempo nuevo de la Resurrección llena todo el año litúrgico con su resplandor. No nos cabe ninguna duda de que “el Señor es el fin de la historia humana, punto de convergencia hacia el cual tienden los deseos de la historia y de la civilización,” y que su Pascua es el eje de la historia.

3. AÑO LITÚRGICO Y MADUREZ CRISTIANA

Lo que acabamos de decir nos lleva como de la mano hasta la consideración del papel y la importancia del año litúrgico en el proceso de maduración espiritual del cristiano, que ha de ser entendida como una inserción progresiva e ininterrumpida en el misterio de Cristo que va imprimiendo en el cristiano la imagen completa y acabada de Jesucristo. Ello se consigue en el año litúrgico que hace presente y operante en la vida de los cristianos los distintos momentos del misterio de Cristo y dispone a los creyentes para el encuentro sacramental con el Señor: en los diferentes tiempos litúrgicos, en la celebración del domingo, en la liturgia de las horas, en la Eucaristía y las demás celebraciones sacramentales...

4. PISTAS PARA LA REFLEXIÓN

  1. ¿Consideras que se valora lo suficiente la celebración del año litúrgico en tu parroquia, en nuestra Hermandad?
  2. ¿Qué se puede hacer para que se conozca mejor la teología del año litúrgico?  
  3. ¿Qué te ha aportado concretamente en tu vida espiritual la celebración del año litúrgico? ¿Percibes claramente la relación entre el año litúrgico y la progresiva maduración cristiana?

5. ORIENTACIÓN BIBLIOGRÁFICA

Lo mejor es, desde luego, una lectura atenta de los textos del Misal; ellos nos ofrecen cada día el pan para alimentar la vida cristiana. También ayudará algún buen libro:

  • CASTELLANO CERVERA Jesús, El año litúrgico. Memorial de Cristo y mistagogia de la Iglesia = Biblioteca Litúrgica 1 (Barcelona2, CPL, 1996) 360 pp.
  • GAITÁN José Damián, La celebración del tiempo ordinario = Biblioteca Litúrgica 2 (Barcelona2, CPL, 1997) 102 pp.
  • MARSILI Salvatore, Los signos del misterio de Cristo. Teología litúrgica de los sacramentos = Teshuva 1 (Bilbao, EGA, 1993) 319-459.

Luis Fernando Álvarez, NOV-2005
HDAD. DE SANTA MARTA: AULA DE FORMACIÓN PERMANENTE 2005-2006