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El premio ya nos ha tocado

24 de diciembre de 2016

Adrián Sanabria
Vicario para la Nueva Evangelización

Seguramente a muchos de los que leáis esta reflexión no os ha tocado el gordo de la lotería de Navidad. Es curioso ver cada año las grandes colas que se forman en las administraciones de loterías para buscar ese décimo de la suerte, o las manifestaciones de júbilo que se dan en los lugares en los que ha caído el gordo, o los abrazos y brindis de la gente que, aún sin conocerse, se abrazan porque el premio les ha cambiado la vida. No penséis que esta reflexión va en contra de la lotería de Navidad, ni muchos menos.

La Navidad es tiempo de sueños, de alegría, de cambiar de vida, pero unos sueños, una alegría y un cambio de vida que van más allá de la lotería, del regalo, del premio o la fiesta, porque el premio, el “gordo” ya nos ha tocado. Nuestro premio es el mismísimo Dios que hace 2016 años decidió hacerse uno de nosotros, solidarizarse y compartir con nosotros todo cuanto tenía, por eso rasgó las tinieblas y plantó su tienda entre nosotros. Fue el amor de Dios a los hombres el que le llevó a tomar nuestra condición: “Cristo, a pesar de su condición divina, no se aferró a su categoría de Dios; al contrario, se despojó de su rango y tomó la condición de esclavo, haciéndose uno de tantos” (Flp 2, 6-8).

Y curiosamente el que ha venido, el que vendrá esta Navidad entre nosotros, no impone nada, no ejerce ninguna fuerza, no grita, no ordena, no impone. Sus mandatos, desde entonces, son invitaciones a estar junto a Él, a descansar en Él, a confiar en Él, a vivir desde Él… El que viene nos invita a la santidad, tomó nuestra condición para que nosotros seamos como Él, decía San Ireneo: “el Verbo se hizo hombre y el Hijo de Dios, Hijo del hombre: para que el hombre, mezclándose con el Verbo y recibiendo así la filiación adoptiva, llegara a ser hijo de Dios”. Ese Dios quiere que siempre sea Navidad, quiere acampar año tras año entre nosotros, pretende poner su tienda en nuestros corazones, desea que siempre le acojamos.

Y por eso la Navidad ante todo es tiempo de agradecimiento, de alabanza a Dios, de oración. Que nada ni nadie nos impida estos días estar más tiempo en el Sagrario bendiciendo a Dios por su amor, que nada nos frene en recrearnos en su misericordia, que nadie nos robe la esperanza que Él nos ofrece, que el consumismo y las prisas no nos confundan y que en familia cantemos y gocemos porque Dios ha nacido y ese es nuestro premio, ¡bendito premio! ¿No os parece que el “gordo” nos ha tocado?

Feliz Navidad a todos.

(Iglesia en Sevilla, 23-12-2016)

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‘Feliz y Santa Navidad’

Carta pastoral del Arzobispo de Sevilla – Navidad 2016

Queridos hermanos y hermanas:

“Hoy en la ciudad de David, os ha nacido un Salvador: el Mesías, el Señor” (Lc 2,11). Este anuncio que escucharon los pastores en la primera Nochebuena conserva inalterado su frescor veinte siglos después. Es para ellos, los pastores, para nosotros y para el mundo entero. Es un anuncio de esperanza que el ángel de la Navidad nos repite un año más.

Pero yo me pregunto: ¿Tiene todavía sentido un Salvador para el hombre del tercer milenio? ¿Es necesario un Salvador para el hombre que ha alcanzado la luna, que ha vencido múltiples enfermedades, el hombre autosuficiente que, gracias a las nuevas tecnologías de la comunicación, ha convertido la tierra en una aldea global?

Los éxitos de la humanidad son reales, pero no del todo. En este tiempo de consumismo desenfrenado en el primer mundo, en el submundo de los países del sur mil quinientos millones de hombres y mujeres padecen hambre y sed y viven cercados por la enfermedad, el analfabetismo y la pobreza. Otros son esclavizados, explotados y ofendidos en su dignidad, discriminados o perseguidos por razones políticas o religiosas.

En esta hora se multiplican las acciones terroristas, el aborto y crece el drama de los inmigrantes y refugiados en una época en la que se nos llena la boca hablando de progreso, paz y solidaridad. En nuestro mundo, y entre nosotros, son millones los hombres y mujeres que no tienen trabajo, mientras crece el número de jóvenes desesperanzados sumidos en el nihilismo y el hastío, a veces esclavizados por el alcohol o las drogas.

En medio de este claroscuro, en el que puede dar la sensación de que el mal supera al bien, la Iglesia nos anuncia de nuevo esta magnífica noticia: que la Palabra se ha hecho carne, y ha acampado entre nosotros (Jn 1,14), que ha aparecido en nuestro mundo “la luz verdadera, que alumbra a todo hombre” (Jn 1, 9), que “ha aparecido la gracia de Dios, que trae la salvación para todos los hombres”(Tit 2,11). En esta Navidad, Cristo viene de nuevo a los  suyos y a quienes lo acogen les da “poder de ser hijos de Dios”. 

Por ello, cantamos al Señor un cántico nuevo, tocamos para Él la cítara y le vitoreamos con clarines y al son de trompetas. No es para menos, puesto que a pesar de tantos signos de progreso, los hombres y mujeres de hoy experimentamos la soledad y la angustia, el dolor físico o moral, la enfermedad y la muerte. Por ello, necesitamos más que nunca un Salvador, el único Salvador, enviado por el Padre de las misericordias que permite el sacrificio de su Hijo unigénito para salvar también al hombre de hoy.

La mayor parte de nuestros contemporáneos viven lejos de Jesucristo. Les ocupan sus trabajos, intereses y negocios. Tal vez también nosotros vivimos en el enredo de nuestros pensamientos y compromisos. Salgamos de una vez de la espiral de nuestro atolondramiento. Marchemos a Belén, hacia ese Dios que se hace Niño y sale a nuestro encuentro en esta Navidad para hacernos partícipes de su plenitud, para ofrecernos la salvación y la gracia, para compartir con nosotros su vida divina.

Acojámosle en nuestro corazón y en nuestra vida. Es un Dios que nos ofrece su salvación, que nos ama hasta el extremo, que quiere tener una relación cálida con nosotros, que espera nuestro amor y que en esta Navidad quiere que le abramos de par en par las puertas de nuestros corazones y de nuestras vidas, para salvarlas, para dignificarlas, para llenarlas de plenitud y sentido, para hacernos experimentar la verdadera alegría de la Navidad, que no radica en los regalos, el consumismo o el derroche de estos días. Nace de la conciencia pura y del encuentro con el Señor y la amistad con Él.

“Nos ha nacido el Salvador, el Mesías, el Señor” (Lc 2,11). Esta es la buena noticia que debemos transmitir a nuestros familiares y amigos, como lo hicieron los ángeles con los pastores, como lo hicieron estos con todos los que encontraban a su paso, al tiempo “que daban gloria y alabanza a Dios por lo que habían visto y oído” (Lc 2,19). Por ello, la Navidad es también una llamada al compromiso evangelizador,  a transmitir a los demás la buena noticia del amor de Dios, ese amor inaudito, incondicional, gratuito y misericordioso que hemos encontrado en Jesucristo.

“Cristo ha nacido para nosotros, venid, a adorarlo”, nos grita la liturgia de estos días. Que busquemos ratos largos de adoración y de oración contemplativa. Que admiremos y agradezcamos el prodigio, el misterio del Emmanuel, el Dios con nosotros.

Que esta Navidad nos haga a todos testigos del amor de Dios, de la esperanza, y la alegría que anunciaron los ángeles en la primera Nochebuena y que yo deseo a todos los fieles de la Archidiócesis. Para todos le pido la gracia y la paz que el Señor ha traído al mundo con su nacimiento.

+ Juan José Asenjo Pelegrina

Arzobispo de Sevilla