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Ortega Brú, cien años después

26 de septiembre de 2016

Manuel Jesús Roldán 

16 de septiembre de 1916, la Primera Guerra Mundial enfrentaba a Europa, y España permanecía neutral. En San Roque, Cádiz, nacía Luis Ortega Bru, hijo de Carmen Bru y de Ángel Ortega,  el mismo año que Juanito Valderrama: un emigrante de la copla y un emigrante en su propia tierra. Ortega Bru nacía en tiempo de vanguardias, Picasso ya descomponía las líneas, Matisse decomponía los colores y España se descomponía entre graves tensiones de pistoleros, enfrentamientos políticos, y diferencias sociales que se intentaron solucionar con dictaduras y repúblicas. Hijo y nieto de alfareros, Luis aprendió pronto a modelar.

En 1933 comenzaron sus estudios en la escuela de Artes y Oficios de la Línea, inicio de un tiempo nuevo bajo una república que traía aires de cambio a un país en el que votaban, otro hecho histórico, las mujeres.  Luis llegó a Barcelona en 1936, becado por el Ayuntamiento de su ciudad natal. La tragedia se presentía. Cataluña ya había jugado a la independencia con Companys y Maciá, y Asturias había ensayado una revolución que fue reprimida por un ensayo de guerra civil por el general Franco. Tiempos convulsos. A Barcelona llegaría la trágica noticia de la muerte de su madre, fusilada por un presunto delito de rebelión militar. Si las imágenes de los escultores tienen algo de los rasgos de su autor, es seguro que las Vírgenes de Ortega tienen mucho del dolor por la pérdida de una madre. Soldado en el frente republicano, Ortega terminaría la guerra en un campo de concentración de Murcia, con el dolor añadido del fusilamiento de su padre por el bando franquista en 1939. “En las imágenes de misticismo de la Virgen expreso todo mi amor hacia Ella, mientras que el Cristo es un grito desgarrado…”. En el campo de concentración se libraría de la pena de muerte a la que fue condenado. El Arte salvaba un gran creador para la posteridad.

Tras la dureza del campo de concentración pudo volver a su pueblo, donde se reunió con sus hermanos, inaugurando una exposición en 1943 y ganando el I Congreso de Artesanía de Cádiz, dinero que le permitiría el traslado a Sevilla. Tiempos de guerra interior y de guerra exterior: en una Europa arrasada por el nazismo, los aliados comenzaban a repartirse el mapa de una posible victoria. En España seguían en alto las banderas de los vencedores sobre los vencidos. En 1944 llegaba Luis a la Sevilla de las cartillas de racionamiento, del cardenal Segura y de la imposición de la Laureada de San Fernando al general Queipo de Llano. Vencedores y vencidos. Luis trabajaría como ceramista y pronto entraría en el taller de Juan Pérez Calvo como miniaturista, lo que le permitió el contacto con las hermandades sevillanas que vivían la sustitución o la nueva creación de imágenes. En este taller colaboraría en las andas del paso de la Lanzada y en los retablos de la Macarena, el templo que acogería a Queipo de Llano a los pies de una de sus obras. Incongruencias de un tiempo de silencios, de focos en una Eva Perón que visitaba la ciudad en 1947 y de aislamientos internacionales. En 1950 la hermandad del Baratillo le encargaba la imagen del Cristo de la Misericordia para la completar a la Piedad que ya había realizado anteriormente Fernández Andes. En el cine se proyectaba Agustina de Aragón, de Juan de Orduña, pero Luis estaba más cerca de Los olvidados que por entonces estrenaba Luis Buñuel. De lo oficial a la vanguardia. Como en el arte de Ortega Brú. Con una genialidad a punto de explotar.

OrtegaBru_100annos.jpgEl gran golpe de efecto llegaría en 1953, con el estreno del misterio de Santa Marta, la nueva hermandad vinculada al gremio de los hosteleros. Charitas Christi urget nos. Un proyecto que había comenzado Sebastián Santos, que había pasado por un concurso nacional, por la gestión de cesión de otras imágenes… Quizás estaba predestinado que fuera aquel boceto en barro de Ortega Brú el que acabara convenciendo a los hermanos de la nueva corporación para la realización del gran misterio del siglo XX sevillano: Cristo de la Caridad, San Juan, Arimatea, Nicodemo y las Marías, aunque la Virgen sería sustituida posteriormente en dos ocasiones, con una reconversión en nueva María y con una nueva talla de Sebastián Santos. Las alegrías no podían ser completas en una España que buscaba romper con el aislamiento internacional: nacían las guerras frías que generarían tanto dolor como las anteriores. Un misterio que recogía la tradición del mejor Barroco de la ciudad y que le valió la concesión de la Encomienda de Alfonso X El Sabio y con ello las rencillas de buena parte de los escultores e imagineros locales. Pocos son profetas en tierras que no son las suyas y muchos en la ciudad preferían esos “muñecos bonitos” que el artista no podía realizar tras conocer tanto dolor.

Casado en 1952 con Carmen León Ortega, con quien tendría a cuatro hijos, Luis Ángel, Onésimo, Carmen y Débora, Luis se trasladó en 1955 a Madrid, donde trabajó en la casa Granda, que realizaba piezas de arte sacro a nivel internacional. En Madrid se mezclaron el estudio de las vanguardias con las formas barrocas de Gregorio Fernández y Juan de Juni, el apego a la línea clásica con la exploración de las escasas vanguardias accesibles en la España franquista. Quizás la vanguardia era él. Burgos, Manzanares, Jerez de la Frontera, La Línea de la Concepción, Madrid… Ciudades por las que se difundió su obra sacra y la profana, sus esculturas y sus fantasiosas pinturas, sus cerámicas, sus modelados en cera para el Museo de la capital y hasta los decorados cinematográficos en una época en la que se mezclaban el concepto de la artesanía con el Arte en letras mayúsculas. Tardaría en volver a Sevilla, la capital en cuyas facultades de Bellas Artes o de Historia se prohibía hablar de Picasso o se remataba la historia en Goya. El lugar donde los relieves en madera hechos para el paso de la Sentencia de la hermandad de la Macarena, con rincones esbozados al modo de Miguel Ángel, se repolicromaban en colores suaves para contentar a un público anclado en un gusto tan cerrado como la sociedad bienpensante de la época.

CabezaCristoBarro.jpgFue largo el paréntesis madrileño, más larga fue la dictadura, pero Ortega Bru, Jerez de la Frontera  y alguna de sus más imponentes obras en el camino, acabó regresando a Sevilla. Corría el año 1974 y corrían vientos de cambio, corrían algunos delante de los grises (no tantos como legiones posteriores alardearon) y corrían algunos ante los cambios que propugnaba una iglesia que ya no era el brazo de un régimen que moría: sindicatos clandestinos en las parroquias y gritos de Tarancón al paredón. En Sevilla compartiría Ortega taller con Manuel Guzmán Bejarano, el gran maestro de la talla de pasos en la ciudad. Barroco en el taller y vanguardia maldita en el nuevo taller que instaló en la calle Castellar, donde también estaba el taller de su amigo Romero Ressendi, otro maldito del arte sevillano que se movió entre los trazos expresionistas de sus locos de siquiátricos, el dramatismo de sus interpretaciones religiosas y la serialización de sus máscaras y toreros, las únicas concesiones que permitía la sociedad bienpensante sevillana. Vecinos de taller, hay muchos nexos entre las miradas perdidas de Ortega Bru y los retratos de Romero Ressendi, entre la terribilitá de los Cristos del maestro escultor y el drama de las Vírgenes que pintó Ressendi. Quizás dos vidas paralelas.

En 1975 moría el dictador, en la cama y de viejo, con fotos de agonía que se publicaban en revistas de destape. Era el inicio de una nueva etapa que estaría marcada por dos proyectos iniciados aquel año: la creación de un nuevo apostolado para la hermandad de la Cena (1975-1982), luego repetido en otras localidades, por las suyas y por otras manos; y la talla del nuevo Cristo del Soberano Poder para la hermandad de San Gonzalo, talla indisolublemente acompañada por la imagen de Caifás, también renovada. Era quizás un triunfo tardío sobre las imágenes en serie de Castillo Lasctrucci o sobre las tallas en serie y de escasa calidad que seguía manteniendo la Cena como apostolado. Junto a otras intervenciones en pasos y relieves de andas, Ortega Brú también realizó restauraciones hoy incomprensibles, como la de la Virgen del Mayor Dolor y Traspaso de la hermandad del Gran Poder. A la espera de un paso que lo coloque en la nómina de la Semana Santa queda su Crucificado de la Salud de la hermandad de Montesión, vanguardia y Barroco unidos, y en el aire quedaron muchos proyectos que quizás hubieran creado aportado esa nota de contemporaneidad que Sevilla siempre orilló, como el malogrado Crucificado para la hermandad de la Trinidad o el innovador techo de palio para una Virgen de la Salud en la que supo aunar su personalidad con el canon de la supuesta belleza sevillana. Quizás un entendimiento tardío…

Luis Ortega Brú, con un inmenso catálogo de obra a sus espaldas, moría el 21 de noviembre de 1982. Aquel verano España había organizado un mundial de fútbol, el Papa Juan Pablo II había visitado Sevilla y el sevillano Felipe González llegaba a presidente del gobierno como diputado del PSOE. Por el cambio, fue el lema. El mismo día de noviembre de 1248  Fernando III conseguía la rendición de la ciudad: la Isbilia musulmana se convertía en la Sevilla cristiana. Son las ironías de la Historia, que no entiende de mezclas entre el pasado y el futuro. O sí. Luis Ortega Brú dejó su teoría escrita en maderas cargadas de pasado, de futuro y devoción.