Luis Fernando Álvarez González, sdb
En el camarín de la Virgen de Montserrat hay un mosaico con una frase que llama la atención por la profundidad de pensamiento: “O Templum in quo Deus sacerdos factus est” (Oh María, glorioso templo en el que Dios se ha convertido en sacerdote”). Es una frase de Próculo de Constantinopla († 446), que –hablando de María como el verdadero Templo en que ha tenido lugar esa transformación de Dios en nuestro sacerdote y mediador - destaca el papel peculiar de la Madre de Dios en la celebración de la Eucaristía, momento privilegiado para participar los cristianos en el ejercicio del sacerdocio de Jesucristo. En efecto, los cristianos tenemos muy claro que el sacerdocio de Cristo rompe todos los esquemas que se utilizan en las demás religiones; sabemos muy bien que Jesús no fue obispo, ni cura, ni siquiera diácono; y que nuestro hermano Jesús - único Sacerdote - no nos salvó con una preciosa ceremonia litúrgica, sino con su vida entera; en consecuencia afirmamos que su sacerdocio es existencial, o sea, consiste en la entrega obediente de su vida a la voluntad del Padre hasta la muerte de cruz. Por eso Dios lo resucitó. Asimismo la Santísima Virgen, en el momento de la Anunciación, acepta la voluntad del Padre sobre ella asumiendo generosamente su proyecto: “Hágase en mi según tu palabra”. Y también todos los bautizados, a imitación de Cristo y de su Madre, ejercemos nuestro sacerdocio común tanto en la vida de cada día como, sobre todo, en la celebración de la Eucaristía. Desde el día de Pentecostés la Madre de Jesús tomaba parte con los apóstoles y los demás cristianos en las primeras eucaristías de la comunidad eclesial. ¿Cómo podremos imaginar los sentimientos de María al escuchar de la boca de Pedro, Juan, Santiago y los otros Apóstoles, las palabras mismas de Jesús en la Última Cena: « Esto es mi cuerpo que será entregado por vosotros » ? Aquel cuerpo entregado en sacrificio y presente ahora en el pan eucarístico ¡era el mismo cuerpo que ella había concebido en su seno! El que ella había acariciado recién nacido con amor y ternura maternos; el que ella había visto crecer fuerte y sano; el que había sostenido muerto en sus rodillas en la tarde del viernes santo, mientras recordaba aquellas difíciles palabras suyas: « si el grano de trigo no muere, queda infecundo; pero si muere, producirá mucho fruto » .
Cada vez que María se reunía con la primera comunidad cristiana para celebrar la Eucaristía, volvía a revivir nuevamente el momento de la cruz, junto a su divino Hijo, cuando unió para siempre su destino y su vida misma a la de su Hijo en una especie de Eucaristía anticipada. Desde aquel momento María y la Eucaristía se hacen inseparables y la actitud interior de la Virgen ante la eucaristía se convierte en modelo para todos los cristianos: Unirnos a Jesús Resucitado en la ofrenda de su vida; hacernos pan partido y entregado; vino escanciado y vertido; para cumplir el mandato de Jesús: esto es mi cuerpo entregado; esta es mi sangre derramada, « haced esto en conmemoración mía » . Es como si María nos asegurase: « no tengáis miedo a entregar vuestra vida; pues, mirad, del grano de trigo que muere es de donde proviene el pan de vida para el mundo de la Eucaristía. » ¡Después de Jesús, nadie como María sabe qué significa celebrar de verdad la Eucaristía! ¡nadie como esta mujer eucarística nos puede enseñar a celebrar la eucaristía con verdadero fruto para nuestra vida cristiana! Me gustaría añadir que, cuando Juan Pablo II afirmó en su encíclica Ecclesia de Eucharistia que María es mujer “eucarística”, precisó a continuación que lo fue “con toda su vida”, puesto que nada existía en la existencia de María que no estuviese referido a su Hijo Jesucristo. El concilio Vaticano II había hablado ya de esta dimensión “eucarística” de la vida de los cristianos: “todas sus obras, oraciones, tareas apostólicas, la vida conyugal y familiar, el trabajo diario, el descanso espiritual y corporal, si se realizan en el Espíritu, incluso las molestias de la vida, sin se llevan con paciencia, todo ello se convierte en sacrificios espirituales agradables a Dios, que ellos ofrecen a Dios Padre en la Eucaristía uniéndolos a la ofrenda del cuerpo de Señor” (LG 34). El 50 aniversario de la bendición de la imagen de la Virgen de las Penas me ha ofrecido la ocasión para releer nuevamente cuanto las Reglas nos recomiendan y encarecen sobre la devoción a la Madre de Dios: “ Los hermanos progresarán en su vida de fe con el testimonio de María, mujer creyente que acoge la Palabra de Dios, participa de los misterios de Cristo, en su vida oculta y pública, y está presente en la Iglesia desde el comienzo como Madre y Modelo, bajo la acción del Espíritu Santo… La devoción a la Madre de Dios… impulsará a la adhesión total y responsable a la voluntad de Dios, a conocerla mejor en oración y estudio, descubriendo en María el modelo perfecto y actual de los discípulos de Cristo… ” Pensé precisamente en estas palabras de las Reglas cuando José Luis Peinado, en las exequias de nuestro querido y recordado Engelberto, se refería a los grupos de estudio de la Palabra de Dios que en los años 70 sirvieron para la sólida formación cristiana de muchos jóvenes Hermanos. ¡Hay que continuar por ese camino! Os saluda con verdadero afecto Luis Fernando Álvarez González sdb Director Espiritual |