PASCUA, PLENITUD DE LA ENCARNACION

Luis Fernando Álvarez González, SDB
Director Espiritual

            Todos hablan de lo pronto que viene este año la Cuaresma y, tras ella, la Semana Santa, cuya culminación, la gran solemnidad de la Pascua, es para el año litúrgico lo que el Domingo es para la semana: la fiesta primordial. Entre el Bautismo del Señor (13 de enero) y el Quinario del Cristo de la Caridad (5 de febrero) no transcurre ni siquiera un mes. Esta circunstancia nos ofrece una buena ocasión para destacar la íntima relación entre la Encarnación del Señor y su Pascua.

            En ello precisamente pensaba en la noche del 28 de diciembre, cuando celebrábamos en San Andrés, como Hermandad, la Navidad del Señor; les mostraba entonces a los Hermanos cómo las imágenes del Niño Jesús que exponemos en los nacimientos de nuestros hogares y los que se ponen a la veneración de los fieles en las Iglesias representan al Salvador con sus pequeños bracitos abiertos: como si todas ellas unánimemente nos quisieran persuadir de que Jesús espera ser abrazado, acogido y aceptado por cada uno de nosotros, que, de esta manera, nos hacemos madres y padres del Señor. Es un modo de expresar que no hay Encarnación sin acogida libre y personal del Dios hecho hombre en cada cristiano. ¡Emociona pensar –contemplando la imagen del Niño Jesús- que Dios se ha hecho pequeño y desvalido como un niño! Y que es efectivamente esta dependiente fragilidad de Dios la que suscita en nosotros tanta ternura y cariño hacia Él… Invité, tras la Eucaristía, a adorar al Niño; me permití sugerir que, además de besar la imagen, quien lo desease la tomase en sus brazos y abrazase tiernamente a Dios en aquel Niño pequeño. Fue entonces cuando se me desveló el misterio de la Encarnación en toda su profundidad y hondura: Un niño nos ha nacido, un hijo se nos ha dado (Antífona de entrada de la misa del día de Navidad: Is 9,6). Por eso el maestro Eckhart no dudaba en reconocer: «Cuando el hijo ha nacido, toda alma es María»; o sea, cuando acogemos total e incondicionalmente al Señor en nuestra vida es cuando nos hacemos padres o madres de Jesús.

            Pero después, al concluir la adoración – abrazo del Niño Jesús, el coro infantil del Rocío de Triana –que había cantado en la celebración- se dirigió a la Capilla de la Hermandad para venerar nuestras sagradas Imágenes. Los niños abrieron unos ojos enormes ante el Cristo de la Caridad. Habían besado o abrazado antes al Niños Jesús llenos de una alegre ternura… y, ahora, permanecían mudos ante el Cuerpo entregado del Cristo de la Caridad con sus brazos desenclavados y muertos. ¡Dos representaciones tan distintas de Jesucristo! Y, al mismo tiempo, ¡¡tan semejantes!! En efecto, es la lógica de la Encarnación de Dios la que nos introduce a una lectura coherente y unitaria de las dos imágenes… Viendo a aquellos niños –algunos eran muy pequeños- en un “sagrado” silencio ante el Misterio del Cristo de la Caridad recordé, de pronto, las voces de otros niños cantando, en San Andrés, un lunes santo de no hace mucho tiempo, el «Christus factus ests…». Es precisamente este texto de la Carta de san Pablo a los Filipenses el que resulta decisivo para entender la íntima relación entre la Encarnación del Señor y su Pascua:  «Él, a pesar de su condición divina, no se aferró a su categoría de Dios; al contrario, se despojó de su rango y tomó la condición de esclavo, pasando por uno de tantos. Y así, actuando como un hombre cualquiera, se rebajó, obedeciendo hasta la muerte, y una muerte de cruz. Por eso Dios lo levantó sobre todo y le concedió el «Nombre-sobre-todo-nombre»(Flp 2,6-9).

            También Ignacio de Loyola, en el Libro de los Ejercicios, se apoya en esta relación entre Encarnación y Pascua cuando invita al ejercitante a contemplar a Dios que se hace hombre, despojándose de su rango y tomando la condición de esclavo, “por mi” (por mi amor); y se rebaja, obedeciendo hasta la muerte, y una muerte de cruz, “por mi” (por mi amor)… Somos, pues, cada uno de nosotros el objeto y la meta especialísimas de la Encarnación y de la Pascua de Jesucristo.

            El Niño Jesús y el Cristo de la Caridad expresan plásticamente cuanto la divina Palabra revela sobre Dios: su identidad misma se nos descubren en la Encarnación y en la Pascua de Cristo: un Dios sin poder, entregado hasta la muerte por amor, y que se deja trasladar por su Madre y sus amigos al sepulcro, lugar donde espera su Resurrección gloriosa, momento que culmina su abajamiento y humillación y llevan así a plenitud su Encarnación. Y es que Dios se ha hecho hombre, para que los hombres podamos participar de la vida de Dios.

            Con el deseo de hacerlo personalmente en el Quinario os saluda vuestro afmo.

Luis Fernando Álvarez González, sdb
Director Espiritual